¿Amar o ser amado?
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Como decía Miguel de Unamuno, escritor y filósofo bilbaíno, ya del siglo que nos precede, “es triste no ser amado, pero mucho más triste el no saber amar”. Nunca antes esta frase tuvo el sentido que hoy tiene para mí, sino el día que ame por primera vez, de verdad, con todo mi corazón.
Lejos de ser una persona que se entrega abiertamente a la gente de una manera íntima, más bien todo lo contrario, y como buena Gran Torino, suelo ser extrovertida con todos, pero no me caso con ninguno, así soy yo y me gusta llevar esa gran careta que protege mi pequeño y sensible corazón. Solo algunos pocos privilegiados son los que contando con mis manos podría llegar a enumerar.
Por el contrario, he tenido la suerte o la desgracia de ser amada, en formas desmedidas y locuaces. He sido amada de maneras que a muchos les gustaría serlo, no una, ni dos, ni tres, sino en varias ocasiones, pero pensando y analizando la balanza me pregunto en que lado de ella me gustaría estar.
¿Prefiero amar o ser amado?
Quizás os preguntéis porque tener que decantarse por una de las dos, y la respuesta es la siguiente. En mi corta vida y poca experiencia sé que en toda relación ya sea fraternal, familiar, matrimonial… siempre alguno de los dos ama más que otro, por lo que uno es amado y otro ama, aunque ambos se amen y sean amados. Me explico.
Cuando te amé a ti, si a ti, vivía en un mundo entre tú y yo. Un mundo nuestro en el que nada ni nadie podía boicotear. Mis pensamientos en ti, se convirtieron en una obsesión contínua que absorbían todo mi ser. Nada ni nadie existía más que tú, hasta tal punto de que si no estabas, todo el mundo era vano y estaba de más para mí. Llegué a hacer cosas por amor, que nunca imaginé que haría. Vivía sólo por y para ti, teniendo un motivo para continuar, un objetivo que conseguir: tu felicidad. Esa felicidad en tu rostro era tal, que ni yo misma me daba cuenta de la mia propia, pues esta solo era posible, si tu eras una persona completa, entonces yo también lo era.
Pero en el otro lado de la balanza te tengo a ti, mi primer amor, ese que nunca se olvida. Unos con mejores recuerdos, otros con peores, pero me pregunto por qué ese refrán popular ridículo, que hace que al final nos lo creamos, sea una verdad contundente en nuestras vidas. La cantidad de veces que has dicho que me querías con formas extrañas de demostrarlo. El paso de los años entre idas y venidas, encuentros y desencuentros, mentiras y engaños, pero que a pesar de tu tozudez, como una niña me sentía amada. Eso de saber que siempre estarías ahí y que permanecerías para siempre, me daba mucha seguridad. Eso de sentir que solo querrías y desearías haber tomado mejores decisiones de las que tomaste también reconfortan, pero la realidad es mas bien otra. Preferiste ser amado que amar. Aunque amaras en otra medida a como a mi me amabas, la balanza es totalmente la parte contraria.
Es cierto que lo ideal es el punto medio entre el exceso y el defecto de ambas, esta ilusoria quimera, la cual no es susceptible de cumplimento en la mayoría de los casos (si es así, enhorabuena), mi experiencia es que conformarse con ser amado (aunque no ames con todo tu ser) puede provocar una lenta y paulatina muerte del corazón y, en consecuencia, un crecimiento egocéntrico a la persona que llevamos dentro.
Mi lucha, quizás demasiado dura, es poder encontrar ese equilibrio, pero una cosa tengo clara: prefiero morir de amor en el intento, que ser una infeliz toda mi vida por someterme al conformismo. Ese conformismo del cual muchos forman parte en sus propias vidas, por el hecho de haber tomado decisiones prematuras. Por lo tanto, lejos de vivir una vida utópica inexistente, si me tuviera que decantar por una de las partes de la balanza, sin lugar a dudas prefiero sentirme útil y desvivirme por la felicidad de mi amado, de mi amante, de ti. Y si él siente lo mismo y no sólo se siente un ser amado, ya viviré mi pequeño cielo aquí en la tierra. Tú ya me entiendes.