En el umbral de la eternidad
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“Siempre hablo de un pasado porque es lo único que he vivido y es lo que me ayuda a mejorar mi presente para así tener un buen futuro”. Así terminaba el mail que días atrás envíe a una persona muy especial tras una discusión un tanto subida de tono. No voy a deliberar sobre este incidente, pues hay que darle importancia a aquello que lo merece y no es este el caso.
Sin embargo, al escribir aquella frase y tras pasar una semana dura donde las haya, mis paseos diarios junto a Iris se centraron en la reflexión de mi presencia en esta vida. Y es que es elemental (o debería serlo) saber que hoy somos seres con vida y mañana podemos no serlo. Que no puedo hablar del futuro porque no lo conozco, no lo he vivido y no se si algún día lo viviré.
Como muchos sabéis, soy excesivamente responsable. Nunca oiréis salir de mi boca la palabra aburrimiento, poseo una larga to-do-list que probablemente nunca la acabe ni aunque viviera los años del mayor longevo de la historia. Si no hago todo aquello que al despertar me propongo cuando llega el final del día, mi autocastigo se ve reflejado en un nocivo veneno que recorre mi cuerpo llamado culpabilidad. Y es que el tiempo que pasa ya nunca volverá.
Así es nuestra vida, egocéntrica. En nuestro día a día estamos tan ocupados pensando en todo lo que tenemos que hacer, preocupados por nuestras reuniones, inquietos por los problemas familiares, pensando en nuestros propios deseos y necesidades que nos olvidamos de lo realmente importante: D-I-O-S.
Cuando estoy consumida por el estrés y la preocupación, estoy diciendo a Dios que todas estas circunstancias son más importantes que El y que no puedo ser feliz. Me creo con el derecho de decirle al Señor que mi vida es un desastre porque la magnitud de mis problemas está por encima de todo, incluso de EL. Este tipo de comportamiento es un sello de arrogancia por mi parte, y es cuando me doy cuenta que he perdido el norte, alejándome del único que puede quitar de mi esa ansiedad.
No todo es responsabilidad y trabajo, hay cosas más merecedoras de mi atención, cosas que hacen que crezca como persona y que son un pasaporte para la vida eterna. Que el tiempo es oro para construir todo aquello y no malgastarlo en momentos, lugares y personas que no te estiman. Siendo consciente que lo único que tengo es un pasado del que aprender y un presente para vivir, pero nunca un futuro evidente y seguro. Así pues analizo mi vida que quedo atrás (sin negarla) para no volver a ser tan ingenua de cometer los mismos desaciertos del ayer e intento estar preparada cada día para lo que pueda acontecer. Eso si “no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su propio afán” Mateo 6:34 y para eso ya tenemos a Dios que nos ayudará.
Por lo tanto hoy, como cada día, aprendí algo nuevo: que cada minuto que pasa estoy en el umbral de la eternidad. Quizá ahora mismo este aquí escribiendo unas lineas para vosotros mis queridos amigos, pero quizá luego ya no esté y lo próximo que vea sea el Paraíso tantas veces soñado. Porque la vida no es mas que vapor que se esfuma de un segundo a otro, no importa si eres joven o viejo, rico o pobre, inteligente o analfabeto. No es una visión pesimista, sino realista, pues como dice Santiago 4:14 “No sabéis lo que será mañana. Pues ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece”.