Silvia Royo López Silvia Royo López

Familia 6 min read

Iguales

Iguales

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AVISO A NAVEGANTES. Esto no es una oda para las mujeres en contra de la raza masculina. Así que si eres hombre, no lo tomes como algo personal, sé que todos no son iguales y muchos defienden nuestra causa. Si eres mujer, toma nota y apoya este movimiento por el que todas las mujeres debemos luchar.

· “Como este encierro por culpa del coronavirus dure mucho más, va a terminar con mi matrimonio”. – Contestaba a la pregunta por GoToMeeting que me hacían desde el otro lado de la pantalla unos compañeros de trabajo.

Después de narrarme las penurias por las que estaban pasando por la capital española, solo podría bromear para quitarle hierro al asunto. A lo que uno de ellos me contestó:

· “No nos hagas también tu perder la esperanza en tu matrimonio ejemplar”. -Decía Héctor sin sarcasmo alguno.

· “Torres más altas han caído”. – Fue mi última respuesta mientras daba comienzo a la reunión antes de que nuestra pequeña charla se fuera por los cerros de Úbeda.

Tras esta corta pero intensa conversación, me puse a pensar días después. Concretamente, una sofocante mañana de miércoles aquí en Miami (nada fuera de lo habitual), me dediqué a lavar los coches (esto sí que es poco habitual). Hacía años que no lo hacía. Ni cinco, ni diez. Quizá más de veinte. La cuestión es que reflexioné mientras frotaba, cuáles serían las razones por las que un colega, con el que apenas conozco desde hace poco más de dos años, me hiciera tal interpretación un tanto personal. Sobre todo, cuando nuestro vínculo es puramente profesional. Cómo podemos llegar a proyectar una imagen inverosímil con algún que otro comentario proferido inocentemente en los momentos previos a un consejo administrativo.

Entonces en esa hora escasa mientras estuve lustrando el coche de mi marido me puse a analizar nuestro matrimonio y la convivencia tan dispar al resto del la sociedad que tenemos. Yo lavando el coche de los dos, tarea propia de hombres (o eso dicen algunos), nunca me había incomodado hacer cosas de chicos, al revés siempre me habían llamado más la atención que las propias de señoritas. En cierto modo, reflexioné en que somos un matrimonio poco común y que escasa gente entiende. Quizá sea ese el secreto de nuestro éxito. Éxito si se puede llamar éxito, al hecho de que nosotros también peleamos, nos chillamos (yo más que él) y, de vez en cuando, uno de los dos también duerme en el sofá.

Tras casi un mes de encierro y con poco tiempo de concentración, hay algo que sí he podido hacer mientras tengo una orquesta sinfónica pueril de fondo las 24/7 en cada una de las habitaciones de mi casa. Y esa cosa es estar al día con todas las noticias referentes al COVID 19 (que si nos ponemos exquisitos deberíamos de nombrarlo como toca: SARS-CoV-2). Te puedo hablar de datos estadísticos de infección, de implicaciones en la económica mundial, de las ayudas a la pequeña empresa en USA (porque en España se carece de esto entre otras muchas cosas), de los picos, de cómo prevenirla, de los síntomas (y ojo que “todavía” nadie de mi círculo la ha sufrido) o de quién y cómo se inyectó intencionalmente este maldito germen en el mundo, por ejemplo. De todo, menos de política. Eso lo dejo para otros que les divierte mucho más que a mí. Pero todo eso está en los diarios, en las redes y en cualquier medio informativo que puedas tener el acceso a tu alcance.

Hoy no quiero hablarte de lo que ya sabes. Hoy quiero hablarte de algo más profundo. No con datos estadísticos (que también están fácilmente accesibles), sino de un concepto de ética. Ética o moral, como prefieras.

Hoy quiero hablarte de lo necios que son aquellos que durante el confinamiento y tras no poder aguantar sus noches y mañanas con su desdichada existencia acaban pagando los platos rotos las compañeras de sus vidas. Aquellas que ellos mismos han escogido comportándose como borricos sanguinarios a puerta cerrada en sus pisos de 80m2 con balcón. Me pongo enferma de leer y leer sobre el repunte global estremecedor de la violencia domestica a raíz de la cuarentena obligatoria en todas partes del mundo. Sí, luego me tachan de feminista, pues que lo hagan. Y con orgullo. Y con razón. Me pregunto cómo no voy a serlo si los que dicen amar en la salud y en la enfermedad (bla bla bla,…) se ceban con sus parejas cual abusadores de los derechos humanos, no solo física sino mental y emocionalmente.

Si lo sé, de esos hay muchos. No solo es un caso excepcional ahora por la maldita pandemia, sino desde que el mundo es mundo. Entonces pienso en Radu. Lejos de la dudable certeza de tener un matrimonio ejemplar me considero más unos cónyuges justos. Se llama equidad. Decencia. Ecuanimidad. Se llama respeto por el otro. He sido mirada, juzgada y valorada como mujer oportunista por contar con un hombre admirable, que ni enojado deja de ser un caballero. Pero esos no deben de ser los ojos como nos debemos de ver. Así no. Nunca dejaremos de tener un mundo enfermo hasta que no tengamos que dejar de ir a una farmacia para pedir una “mascarilla-19” o hasta que no veamos que ni ellos trabajan, ni ellas limpian (como si eso no fuera trabajar). Aquí todos hacemos de todo. Y no por eso, yo tengo suerte de tener lo que tengo, ni él es un calzonazos. Aquí, somos iguales a los ojos no solo del otro, sino a los ojos de Uno que es quien nos creó. Iguales en origen y patrón. Iguales en naturaleza pecaminosa. Iguales en valor y posición.

Iguales.

El rol de cada uno en su casa es el que cada pareja quiera claro está, pero Dios nunca indicó inferioridad del genero femenino como razón para la diferencia de roles. Todos aquellos que me leen y que de verdad me conocen ya saben de nuestra rareza marital. Es quizá, porque ellos ya han entendido que aquí el éxito (o no) de nuestra unión simplemente sea la responsabilidad, la organización y el respeto. Por eso, al ignorante que maltrata le insto a que supere su complejo de inferioridad incompetente y al que se toca los cojones en casa, que evolucione del mundo animal. Porque de no ser así, un mes más en estas circunstancias, no solo todos acabamos locos, sino que muchos podemos morir en el intento y los que sobrevivan, quizá acaben divorciándose.

Yo mientras espero que mañana no llueva, algo también habitual en esta Florida tropical.

Sin acritud. Salud y amor.

Nota. Para el que se haya preguntado dónde estaba Radu en esos momentos de mi abstracción mental mientras limpiaba su coche, a modo de nota aclaratoria solo puedo mencionar que estaba cocinando y dando de comer a nuestras fieras.

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