El coach no salva
El otro día terminé una sesión de coaching y me quedé unos minutos en silencio mirando la pantalla apagada. Amparo acababa de contarme que su hijo había dejado de hablarle desde que rehízo su vida después del divorcio. Mientras hablaba, intentaba mantenerse fuerte hasta que se rompió.
Y yo, al otro lado, respiraba hondo.
En ese momento no solo era coach. También era madre. También era una mujer divorciada que conoce muy bien esa culpa silenciosa que aparece cuando algo tiene que ver con nuestros hijos. Le compre el relato. Eso que no debemos de hacer como coach. Eso hice.
- Lo estaré haciendo bien? Mis hijos algún día me reprocharán algo? Esta sere yo dentro de unos años?
Una vez mas entendí una de las partes más difíciles de acompañar a otros. Mientras escuchas sus historias, tus propias heridas son abiertas y aun así tienes que saber quedarte en el lugar correcto.
Volvi mis pensamientos a la tierra y repetia como un mantra en mi cabeza, mordiendome la lengua y casi de manera automatica: el coach no salva, el coach no proyecta, el coach no hace suyo tu dolor. Solo tiene que estar, callar y no aconsejar. Tremendo reto.
Después de hablar, de llorar y de poner palabras a lo que sentía, trabajamos algo muy simple: su postura. Su cuerpo estaba literalmente persiguiendo un vínculo que no podía controlar. Y cuando logró cambiar esa posición, también cambió algo dentro de ella.
Terminó la sesión diciéndome que la había ayudado muchísimo. Curiosamente yo salí de esa llamada de Zoom pensando justo lo contrario.
Estos últimos meses han sido intensos. Muchas sesiones, muchas historias, muchas vidas abriéndose delante de mí con una honestidad que me sigue desarmando. Y justo en la International Coaching Week, solo puedo decir algo muy simple: Muchas veces mis clientes creen que yo les estoy ayudando a ellos, sin saber cuánto me están ayudando ellos a mí. Salen radiantes de felicidad al concluir las sesiones, pero aqui la mas feliz de todas ellas sin duda soy yo.
Seguimos.