Menos duda y más confianza
Me acomodo los guantes rosas los cuales utilizo siempre que puedo para sumergirme en mi mundo, ese mundo donde los gritos imperan y la culpa te machaca. Los pensamientos revolotean en la mente con voces inteligibles mientras intento mantener el orden en ella, aunque en mi entorno la casa esté patas arriba y el ruido haga que apenas pueda concentrarme. También la calma, esa que nunca tuve y de la que hoy parece que he hecho ya varios másteres en los últimos años de mi vida. Me abstraigo como si me encontrara en un lugar muy lejano lidiando con mi pasado y mi presente en una lucha por construir un futuro, cuanto menos, poco esperanzador.
Apenas levanto la mirada del fregadero mientras por el rabillo del ojo los miro, y de pronto sin apenas poder observar con el detenimiento que me gustaría algo me roba el aliento, y se lleva con él, el golpe de realidad que inunda esa parte de mí que lleva años dormida. No hay vuelta atrás, nada volverá a ser lo que era.
Han jugado libremente mientras entraban y salían de casa después de correr por el jardín, se han bañado en la piscina sin parar, han pintado desnudos con las manos sin reglas ni instrucciones, saltan en el trampolín con sus volteretas acrobáticas más sofisticadas, han sido felices. Y tú de verlos serlo. Pero ellos gritan y tú callas. Ellos te desafían y tu respiras lentamente. Se pelean hasta por respirar. Se quejan incansablemente. Cuentas hasta diez para tus adentros y empiezas el “voy a contar hasta tres” en voz alta. Tus límites están siendo examinados, a riesgo de suspender de nuevo tu asignatura pendiente. Y sale de tu boca el número tres, y es ahí donde empieza la montaña rusa a la que acabas de subir sin apenas ser consciente de ello.
Ahora ellos lloran y tú te desatas. Llega la transformación de esa persona que te has prometido no ser nunca más. Pero ya estás en ese punto ¡Ay, Pablo cuantas veces te vienes a mi cabeza! (Romanos 7:15) Se te apodera dentro de ti la falta de insensatez, y tú lloras. Ahora eres tú la que gritas, y ellos solo escuchan atentos. Y hasta aquí todo normal, nada que no pase en toda casa de vecino cuando se tienen niños y estás en esa tarea tan complicada que es la llamada crianza.
Ahora viene la segunda parte.
Dejo mi terapia de fregar los platos para esconderme bajo una ducha fría. En soledad busco un lugar donde más que lavar mi inmundicia, intento encontrar una cueva que de cobijo a unas lágrimas que se asoman descaradas. ¿Dónde metes en tu mente, ya sobrecargada con las dificultades de la vida, aquellas miradas indiscretas que se cuelan en tu mundo para juzgar cada cosa que haces o dejas de hacer? ¿Cómo sacas de tus recuerdos aquellos dedos acusadores que, durante los momentos de crisis, te hacen dudar de lo mucho que amas a tus hijos? ¿Qué haces con todos esos “consejos” (no pedidos ni bienvenidos) que de manera gratuita no paran de rebotar en tu cabeza?
Y la culpa fluye muy deprisa como el agua que corre por todo el cuerpo, atravesando cada centímetro de tu torrente sanguíneo como madre. Saltando, sin pedir permiso, a la mente esas tardes de dolores, esas noches sin dormir, esos vómitos continuos, esos meses largos de depresión postparto no aceptada, esos momentos de dar a luz los niños que parecen ser más de otras personas que los tuyos propios. O eso te hacen sentir. O eso se imaginan ellos. Y no solo tienes esas cicatrices en el cuerpo y en la mente, sino también en el corazón.
Y entonces te cae de golpe el arrepentimiento instantáneo. Después de haber hecho el daño, o después de haber intentado instruir a tu hijo en la disciplina y el respeto, ya no sabes qué pensar. Ya no sabes cómo la seguridad que tenías esta mañana se ha esfumado en cuestión de segundos. Y así, con los sentimientos a flor de piel, deseas haberles dedicado mucho más. Más paciencia. Más tiempo. Más juegos. Más risas. Más caricias. Menos silencios y más ruidos. Menos cordura y más locuras. Menos dolor y más curación. Menos cólera y más calma. Menos olvidos y más recuerdos.
En definitiva, menos duda y más confianza.
Confianza que se ha visto minada por opiniones y juicios de valor de personas a las que no les corresponden. Pero el amor siempre es más grande, así que recuerdo esos sabios consejos de María, mi terapeuta, que me dice constantemente que tengo que volver a auto educarme, desafiando a esa voz interior que me acompaña desde niña y que fue tan exigente. He de decirme que siempre estoy ahí presente para ellos, en los soles y en las lunas, en las alegrías y en las enfermedades. Estoy en las buenas y en las malas. No solo estoy, sino que me quedo, aunque lo único que quisiera en esos momentos es salir corriendo. Porque sí, es verdad, no hay vuelta atrás y nada volverá a ser lo que era.
Y lo que vale es lo que es, y lo que fue ya solo se traduce en un ayer muy lejano. Y tomando en cuenta todo lo que hice o dejé de hacer, lo que entregué o dediqué, lo que construí o destruí, tengo por seguro que, sin duda, aprobé con sobresaliente en cada ocasión que amenazaba con terminar siendo un desastre. Y me tatúo en mi pensamiento cada día, sin excepción, que nadie nunca más me haga dudar de ese instinto maternal que yo únicamente tengo para con mis hijos, pues así Dios lo quiso y a mí fue a quien los entregó. Pues “los hijos son herencia que da el Señor, descendientes de una recompensa” Salmo 127:3. Y a mí me ha dado no solo una, sino tres. Y muy grandes.
Mientras lucho contra mis fantasmas del pasado (que no son pocos), también sueño con ser la mejor versión de mi cada día, sin saber que ya lo soy en ese momento, pues Dios me regala un día nuevo para reinventarme y la fortuna de ser feliz, pues soy mama de tres preciosas joyas que, aunque me saquen de quicio diariamente, ellos no lo tienen en cuenta porque los niños sí que saben lo que es experimentar la mayor expresión de amor que nunca como humanos antes habíamos experimentado. Sin rencores, sin juicios.
A todas las mamás, este es mi tributo a muchas (sino todas) aquellas que sufren en silencio. Desde aquí alguien que os comprende y entiende. Pues yo sé que, en algún momento de nuestras vidas, así lo hemos vivido. Aquí os dejo un rayo de esperanza, pues hacéis (hacemos) el trabajo más difícil y menos valorado de todos los tiempos. No permitáis nunca que nadie os diga como tenéis que hacer las cosas, solo vosotras sabéis por lo que estáis pasando y alguien que no sabe lo que hay en tu casa (ni en tu mente) no tiene ni el derecho ni la autoridad de levantar acusación a lo que tú, con desinteresado amor, solamente haces. Se le llama respeto. Se le llama tolerancia. Así que, menos duda y más confianza. Menos juzgar y más amar. Eso nos enseñó el de arriba, solo Él puede hacer lo que el hombre está empeñado en hacer. Mateo 7:1. Y mientras eso pasa, friega platos o pégate una ducha fría, pero que esa voz interior no te atormente un mal día.